Ruge en mí… es mi camino

Enfado,frustración, agobio, sentimientos contradictorios y preguntas que no salían de mi corazón, en realidad sino de mi mente ¿Qué hago aquí? ¿Hasta dónde debo seguir y por qué? Buscar motivos y a penas encontrarlos, sentir que flaqueas y volver a renacer… En esto se resume una carrera que me desgató mucho en todos los sentidos. He librado muchas batallas pero las más difíciles son aquellas que te provocan la mente. Este Trail aún tiene un sabor amargo en mi boca, sé que dentro de un tiempo podré apreciarlo aunque ahora me asqueé.

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Eran las 7 de la mañana cuando salimos bajo una manta de papelillos platas, luces de frontales y algunos aplausos de la organización. Una vez más, me acompañó mi gran amigo Santi y comenzamos con ritmo tranquilo, sabíamos que nos quedaba muchas horas por delante, y el terreno no era muy conocido para nosotros aunque un año atrás yo había estado en un raid de aventura con compañeros inolvidables.
Empezó la subida, avanzábamos con buen ritmo y con la cabeza muy fría, disfrutando de un paisaje inolvidable donde parecíamos estar por encima de las nubes. Recordé una frase que me escribió Miquel Capó que aprendimos en Sables “Somos la envidia del mundo, por estar donde queremos y hacer lo que nos gusta”. Era la sensación de plenitud, de libertad, de estar en una naturaleza salvaje donde nada la domina y a pesar de las tormentas, sol o nieve sigue indómita.

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Llegamos a un punto de control y a partir de ahí solo unos kilómetros más y tocaríamos el final de esa subida de más de 20 km para encauzar una bajada fuerte. Con zonas técnicas y había que ir con cuidado porque la montaña siempre te recuerda que nadie puede controlarla, y así fue, el cordón de mi zapatilla quedó enredado en una raíz de un árbol, provocando que me fuera al suelo y rajase la zapatilla. En ese momento sólo quería levantarme por temor a los posibles dolores que me podría provocar la caída. Me sentí incluso absurda por caerme, no vi la raíz que sobresalía y para colmo la zapatilla rota. ¡Dios que esto no me provoque una lesión! Retumbaba en mi cabeza .. metí de nuevo por dentro los dedos en la zapatilla y un montañero que pasaba por allí curó mis heridas junto con Santi y emprendimos la bajada hasta el siguiente avituallamiento que faltaba muchos kilómetros por llegar. No quería pararme temiendo al dolor aunque no dejaba de sangrar y era incomodo correr con las zapatillas rotas pero “nadie dijo que fuera fácil”.

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Llegamos al siguiente avituallamiento y a partir de ahí comenzó el calvario, y mermó nuestras fuerzas. Habían quitado en algunos puntos las balizas y estuvimos perdidos durante unos kilómetros que nos hizo dar vueltas con una calor exagerada y acabar fatigados y algo harto de estar en carrera. Pero recuerdo una imagen que en cierta medida me hizo seguir y no querer dejar de avanzar. Nos metimos a refrescarnos en el Jerte, y llenarnos de vida para recuperar aliento y motivación. Mientras me echaba agua, Santi me sonreía con una dulzura que sentí que nada haría que no terminásemos porque había sido capaz de colocar una sonrisa donde yo en ese momento no veía.
Seguimos por senderos, maleza y kilómetros de calor, acabamos cogiendo alguna fruta de los árboles y saboreando el dulce sabor de la vida. Reíamos al recordar cosas y otras porque no decirlo, enfadados porque nos habíamos perdido, no había suficiente avituallamiento, era la sensación de sentir que “esto ya no tenía sentido.”

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Por fin tercer avituallamiento, refresqué mis pies doloridos, cambié los calcetines, algo de fruta y emprender los últimos casi treinta kilómetros, de nuevo sin más avituallamientos y saber que el agua debíamos racionalizarla o beber como hice en varias ocasiones de los arroyos. Nos quedaba ya una subida fuerte y una bajada que nos hizo tambalear y flaquear las piernas.
Durante kilómetros interminables, mi cabeza me jugó malas pasadas, una lucha incesante con la frase ¿cuánto más tengo que soportar esto?, me aferraba a todo tipo de motivos y a veces sentía que las tormentas podía tapar el sol que siempre lidera mi vida, tenía ganas de llorar de agobio… era la primera vez que sentía que la prueba me estaba superando. Santi me recordó que nada podía con nosotros, y hablar me ayudó a calmarme y encontrar ese motivo que me hace dar cada paso…. Porque ruge en mí.
Última bajada, casi de noche y un pequeño frontal para iluminarnos a los dos, que no dejábamos de animarnos, “esto está hecho” “vamos” “cuidado, ya no hay prisas” y un paisaje casi apenas perceptible por la luz se ofrecía para nosotros. Un lugar bello para mí por dos razones preciosas, ahí había estado con una persona a la que quiero y me ha dado tantas momentos de dulzura y cuidado, mi amigo Pana y además en aquel lugar conocí a otra persona, que siempre apoya mis sueños y fue capaz de crearme un tema musical para que me acompañase al desierto “I Have a dream”, mi amigo Brother. Recordarlos me hizo emocionarme, es increíble como un lugar te transporta a situaciones vividas e incluso volver a sentirlas con más pasión.
Último salto y por fin, llegamos al pueblo, ya estaba conseguido, entraríamos en la meta y una vez más la batalla estaba ganada. Antes llamé a mi madre, últimamente lo hago siempre antes de terminar, necesito escuchar su voz y que me de alas para correr más rápido. Sé que me dirá: ¿Estás muy cansadita hija? ¿Tienes dolores? Y siempre le respondo “estoy bien madre” y al colgar lloro, y ya no me duele nada, ni existen demonios, ni avituallamientos, no existe nada… solo el viento en la cara.
Ahora que ha pasado unos días, y me siento tranquila frente al ordenador me alegro de haber vencido a esos demonios que dominaron a muchos, que peleé hasta el último kilómetro y que quizás en algún momento volveré a saborear el dulce sabor de la victoria porque no opté por el camino fácil, sino por el difícil, aquel que te recuerda que estás viva porque sientes y creas tus propios pasos.
Una meta más alcanzada que Santi me ayudó a conseguirla “gracias” , un viaje rodeada de amigos que me hacen vibrar, un beso de buenas noches con sabor a desierto… una frase de mi compañero de viaje “sé niebla”

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Corredor Solidario Dos Bahías… 24 horas

¿Cómo se siente un enfermo de cáncer? No lo sé
¿Qué pensamientos tiene? No lo sé
¿Qué dolores padece? No lo sé
¿Cómo puede ser ayudado? Sí lo sé.

Recibí un mensaje de una mujer maravillosa Cristina, donde me invitaba a correr junto a ella y su gran equipo Humaniza Team, 24 horas para recaudar fondos para una sede humanitaria en Puerto Real contra el cáncer. Accedí a estar con ellos, casi todos son hermanos del desierto y eso sin darte cuenta te une. Era un proyecto precioso pero nunca pensé que fuera a darme una lección tan importante en mi vida.

Llegó el gran día, preparativos y a la caravana de Tito Gerardo, si me permitís diré que es una de las mejores personas que conozco porque su bondad no tiene límites. Así que nos dirigimos hasta Los Barrios para unirnos con el resto de compañeros, entre kilómetro y kilómetros de carretera, reventón en la rueda pero eso no borró nuestra sonrisa y ganas de llegar.

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Reencontrarme con Cris y compañeros fue precioso, bajo un cielo de estrellas que nos hacía recordar las noches de Sables, los entrenamientos nocturnos y a veces la nostalgia nos invadía. Pasaban los kilómetros y hablábamos de todas nuestras aventuras, de nuestros sentimientos y cada minuto encontraba un motivo más del porqué tenía que estar ahí, como ver a Manolo «Tempranillo», un adolescente de 15 años que ha sufrido ya Quimioterapias, dolores en su cuerpo y cada día lucha por demostrar que la enfermedad no puede con él. En la noche estuvo presente y os puedo asegurar que a mí me colocó en mi sitio y me dio fuerza para seguir. El terreno por donde transitábamos era a veces complicado, y las piedras y la maleza se clavaban. Jamás lo oí quejarse, se calló en alguna ocasión y se levantó y continuó. Su padre con una sonrisa preciosa lo llevaba de la mano… me ahogan las lágrimas en la garganta mientras escribo. Ver un padre con esa fuerza luchar junto a su hijo, darle la valentía necesaria para afrontar la vida y cumplir sueños, te hace descubrir la fortaleza del ser humano y cómo podemos sembrar esperanza en la vida de las personas que nos rodean.

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Llegó por fin el amanecer, y el café que tomamos y ese frescor de la mañana nos quitaba el sueño. Seguimos nuestro camino, y compartiendo nuestras vidas… A veces se apoderaba el silencio y otras el cansancio pero la clave era avanzar.

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El calor llegó pronto y menguaba las fuerzas, era sinceramente en algunos momentos insoportables, no había sombra y el agua rápidamente se calentaba. Pensé en algunas ocasiones que estaba en la etapa larga de Sables y me repetía, si pudiste con eso puedes con todo. Ver la caravana en los puntos de avituallamiento me daba ese impulso para continuar, grande el equipo de asistencia, grande mis compañeros que me daban la oportunidad de estar ahí

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Avanzaba la tarde, y junto a Cristina y Gerardo llegaba casi al final después de horas bajo un sol abrasador, pero nos llegó un regalo maravilloso, la compañía de Manolo Olmo, gracias porque fuiste lluvia para calmar nuestro calor.

Tocaba correr a tope los últimos kilómetros donde nos reencontraríamos con más compañeros y juntos llegaríamos a Puerto Real, escoltados por la caravana que durante 24 horas nos había asistido y la policía local, últimos kilómetros de charla con personas admirables, pensar en posibles acciones juntos y apurar ese tiempo a su lado.

Llegamos al pueblo, y ese momento jamás se me olvidará, nos esperaba un club de ciclismo de allí para llevarnos hasta meta y una familia con un niño precioso. Podía ser un niño cualquiera pero no, era Domingo compañero de Manolo Tempranillo de batalla. Abrazos, besos y miradas de complicidad, sufrimiento, dolor, superación… Eso reinaba en aquellos momentos. Y junto a esos dos valientes y Pablo (hijo de Ángel) un navegante aventurero,  emprendimos la carrera hasta la meta.

Corríamos detrás de ellos, porque eran los verdaderos protagonistas, al verlos pensé cómo le explicas a un niño que le ha tocado una enfermedad de ese tipo, cómo le enseñas a pelear contra ella, cómo le dices que el dolor le hará más fuerte, cómo explicarle que debe continuar cada día, cómo decirle que a pesar de todo la vida es sencillamente maravillosa… pues no sé como se explica, pero sí comprendí que esos niños llevaban detrás de ellos una familia preciosa que quizás no tuvieron que darle tantos detalles y sí enseñarles a luchar por ellos cada día, para comprender el sentido de la vida.  Sentí que era una privilegiada  por estar sana, entendí que el ser humano puede crear grandes cosas cuando se unen, que mirar a otro lado no aporta nada y la vida hay que encararla. Recordé que no somos nadie por correr más kilómetros sino por nuestras acciones, y me bañé de emociones intensas, esas que nacen en la boca del estómago y te tambalean para mucho tiempo.

Estas 24 horas han sido una experiencia que me ha tocado en lo más profundo de mí, quizás porque por primera vez ví de cerca una realidad fea pero los niños le dieron un color diferente, haciéndola de un tono más pastel.

Me emociono al recordar a mis compañeros del equipo HUMANIZA TEAM: Ángel, Manolo, Manolo Tempranillo, Cristina, Jose, Juan, Caiman , Caiwoman, Paco, Gerardo, Trini, Benjamín, Chino, Picadrilo, Piescu, etc… y no puedo dejar de darles las gracias por contar conmigo para esta causa, por compartir tantas cosas… gracias por vuestro arropo y aquí estaré para la próxima estación donde queráis que comencemos una nueva historia, con personas como vosotr@s el mundo puede cambiar.
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